Olíbano

Publicado por: En: Incienso En: miércoles, abril 29, 2015 Comentario: 0 Golpear: 8703

Con el "Libro de la muerte" del antiguo Egipto nació la leyenda: las perlas de incienso eran las gotas de sudor que los dioses dejaban caer sobre la tierra y, con las ramas del árbol donde crecía, el ave Fénix construía su nido. Los Reyes Magos de Oriente cargaron sus camellos con semejante materia divina para llevarla hasta el portal de Belén como obsequio al recién nacido Jesús y, aunque la Biblia no especifica de dónde procedía tan preciado regalo, los omaníes aseguran que venía del territorio que hoy constituye su país. Es probable que estén en lo cierto, porque Omán ha repartido su incienso por todo el mundo a través de los tiempos.

Su historia comenzó en el siglo I antes de Cristo. Desde entonces, esta resina del olíbano, un árbol enano que sólo crece en Omán y en algunas partes de Somalia, ha estado envuelta en un sinfín de leyendas. Durante siglos, tuvo tanto valor como el oro. Plinio el Viejo dejó escrito cómo el emperador Nerón quemó toda la producción anual de Arabia en el entierro de su esposa Popea y hasta Alejandro Magno, atraído por este gran tesoro, planeó invadir esa parte del mundo para controlar el comercio desde su origen. La muerte le impidió llevar a cabo tan ambiciosa gesta.

Dhofar, una región del sur del sultanato de Omán, cuenta todavía hoy con el de mayor calidad del mundo y sus habitantes aún se recrean contando las historias que se transmitieron de generación en generación sobre su gran tesoro. Musalla lleva desde los 12 años dedicado al oficio de la extracción. "Empecé con mi padre porque estas tierras eran suyas y he seguido hasta hoy. La mejor época para recolectarlo es cuando viene el viento del monzón". A sus 75 años todavía levanta con frenéticos golpes de cuchillo la corteza de un olíbano, mientras el sol castiga sin piedad cada piedra del desértico Valle de Saatan, salpicado con no más de 20 árboles que son de su propiedad.

Este viejo de la tribu jabalí siempre lleva la cabeza cubierta con un turbante, va descalzo y viste su tradicional disdasha, una camisola que le llega hasta los pies roída por el paso de los años. "Antiguamente existía una norma que todos tenían que cumplir: si un cortador pasaba una noche con una mujer que acababa de asistir a un funeral, se le prohibía acercarse a las plantaciones de olíbanos. Sin embargo, de eso hace ya muchos años, cuando la resina era tan apreciada que se soltaban culebras venenosas alrededor de los árboles para que nadie se acercara". Ahora, las costumbres han cambiado. En esta región son ya muy pocos los que se dedican a cortar esta resina que sólo desprende su peculiar aroma al colocarla sobre un pedazo de carbón encendido.

Casi todas las creencias religiosas han hecho uso de la resina sagrada. Entre sus utilidades en la antigüedad estaban las de camuflar el olor de los muertos durante los velatorios o para embalsamar los cadáveres, como se hizo con Tutankamón
Nos encontramos en la única parte de Omán que toca el monzón Khareef en su viaje a India a partir de abril. Entonces, esta región desértica se torna verde y la dorada materia sale a borbotones de los árboles, diseminados en pequeños grupos. "Este valle es el lugar donde se recoge el mejor del mundo", presume Musalla. "Pero ya no se vende como antes". El viejo apenas consigue sacar 30.000 pesetas por 50 kilos (de cada árbol se extraen aproximadamente diez) que vende en el mercado de Salalah, la capital de Dhofar.
El esfuerzo es grande. A pleno sol y con temperaturas que llegan a alcanzar los 50 grados, el hombre levanta la corteza del tronco con un cuchillo de punta redondeada y espera a que la resina supure y cristalice. Entonces la raspa con fuerza con el filo del cuchillo y la deposita en un recipiente para que se endurezca aún más en forma de pequeñas perlas.

Cuando comenzó su comercialización se transportaba hasta su destino en caravanas de camellos. Desde Dhofar partían hacia lo que hoy es Yemen y, desde allí, continuaban el viaje a través de las montañas y el desierto de Arabia con rumbo a Petra, Gaza o Alejandría, hasta que se abrió el puerto de la ciudad de Khor Rori en la región. Este pueblo se construyó hace 2.000 años y pronto se convirtió en el centro neurálgico del comercio de la resina aromática y todavía quedan las ruinas de lo que un día fueron los almacenes donde se guardaba el preciado tesoro antes de salir en barco hacia Egipto e India. Se exportaban 3.000 toneladas al año. Las rutas que seguían las caravanas, invisibles ahora desde tierra, fueron descubiertas por un satélite británico en 1991. Éstas se acercaban a lo que los arqueólogos piensan que es la ciudad perdida de Ubar, que Lawrence de Arabia buscó afanosamente durante toda su vida y que Marco Polo descubrió como un paraíso hecho sobre piedra rosa y pilares de oro. Durante cientos de años su esplendor también se debió al comercio de este preciado material. Después desapareció bajo las arenas del desierto.

Aroma de templos.

Casi todas las creencias religiosas del mundo han hecho uso de la resina sagrada. Entre sus utilidades en la antigüedad estaban las de camuflar el olor de los muertos durante un velatorio o embalsamar los cadáveres como se hizo, utilizando pequeñas cantidades, en la tumba de Tutankamón. Por ese motivo los mayores compradores fueron los templos de Egipto, Jerusalén y Roma. Pero la bonanza económica que hizo de Arabia una de las regiones más ricas del planeta comenzó a decrecer, aunque lentamente, con la caída del Imperio Romano. Unos siglos más tarde, la ruta comercial se empezó a controlar y los fuertes impuestos que había que pagar hicieron que cada vez saliera con menos frecuencia de Omán.
A pesar de que el Gobierno omaní exporta hoy cantidades pequeñas, la olorosa savia está presente en cada rincón del país. La cultura del perfume forma parte de la idiosincrasia de los omaníes, que venden esencias y aceites en cada esquina de cualquier ciudad. Incluso un gigantesco quemador, eso sí, apagado, domina la parte antigua de la capital, Mascat, como símbolo de lo que significa para ellos el fruto del olíbano.

Hombres y mujeres perfuman sus trajes colocando un quemador en su interior cuando están colgados en una percha para facilitar que el humo se meta por cada fibra. La casa de cualquier omaní huele a aceite de rosas o a sándalo. Tradicionalmente, los hombres perfuman un pequeño penacho de hilos que forma parte de su disdasha y que cuelga junto al cuello, para acercárselo cada pocos minutos a la nariz.

Es difícil encontrar otro lugar en el mundo en el que se perciba una explosión aromática como la de los zocos de Omán, especialmente el de Salalah. Los vendedores de esencias mantienen encendidos durante todo el día los típicos quemadores multicolores en forma de taza. Sobre la base colocan un pedazo de carbón encendido y, sobre él, perlas de incienso con las propias ramas del árbol, almizcle y sándalo. Amira es una vendedora de uno de los cerca de 30 puestos que tiene el zoco. Sentada en el suelo, separa las perlas más claras y de mayor calidad de las negruzcas. "Las blancas también se utilizan como medicina", asegura mientras hunde su mano derecha en un saco repleto de ellas. "Las metemos en un vaso con agua y esperamos un rato. Ese líquido es muy bueno para la tos, la circulación y los problemas de estómago". Según la leyenda, los antiguos egipcios lo pulverizaban para utilizarlo como veneno mezclado con vino, así que no resulta fácil creer la versión de la vendedora. Pero Amira hace la prueba y a los dos días todavía sigue vendiendo perfumes en el zoco de Salalah...

Lejos del significado necrológico y sagrado que tuvo una vez, los omaníes han conseguido poner de nuevo el "sudor de los dioses" en el lugar que le corresponde y que rememora tiempos pasados. El perfume Amouage, uno de cuyos ingredientes principales es el incienso, es el más caro del mundo y se elabora casi en su totalidad en una fábrica de Mascat. El frasco original es de oro y alcanza la friolera de 850.000 pesetas, aunque también existen otras modalidades de envasado a precios más asequibles que oscilan entre las 25.000 y 80.000 pesetas.

Consciente de que estos perfumes están sólo al alcanze de los bolsillos más privilegiados, la compañía que lo comercializa lo tiene a la venta únicamente en algunos países de Arabia y sus líneas aéreas, en los almacenes Harrods de Londres y en varios puntos estratégicos de Estados Unidos, Suiza y Alemania. Además se compone de aceite de rosas, sándalo, lima y una pizca de esencia de lirios que dan aroma a este auténtico regalo de los dioses. Un grupo de mujeres omaníes se encarga de envasarlo a mano con suma delicadeza en el pequeño almacén de la ciudad de Mascat.

Envuelto en recuerdos e historias que los comerciantes árabes llevaban en barco hasta Egipto, el oficio de cortador aún se sigue practicando en Dhofar igual que hace 2.000 años. La magia de la resina continúa viva en las sombras que los olíbanos proyectan sobre las piedras del desierto. Aquellos comerciantes omaníes alimentaron la leyenda en el extranjero para aumentar sus ventas, pero esos cuentos ya forman parte de la historia, como aquélla que habla de un padre romano que enloqueció al enterarse de que su hija era amante del dios Sol. Preso de la cólera, prendió fuego a la joven hasta que su amor la rescató y la convirtió en una ramita de incienso. Aquella rama fue después un árbol, el primero que creció en Arabia. Algunos dicen que en las noches del monzón se oyen los lamentos de una mujer en el desierto de Salalah...

DEL CLERO AL ESOTERISMO

En nuestro país, aunque no exista ningún tipo de cultivo, el uso de esta resina aromática y relajante está muy extendido. Su fabricación en forma de barritas ha permitido que se puedan crear distintos tipos de fragancias. No existe un prototipo de consumidor. Hombres y mujeres de todas las edades y estilos de vida han elegido este aroma para ambientar sus hogares, lugares de trabajo o veladas especiales. Las casas de esoterismo superan incluso a las parroquias en su consumo, y es que un echador de cartas tras una cortina de humo casi sedante parece que ofrece más credibilidad.

El incienso posee un gran valor simbólico en el Cristianismo. El árbol del que se extrae se considera sagrado, ya que, cuando se destruye para aprovechar su resina, deja un aroma purificador. Igual que Jesús, que fue crucificado, muerto y sepultado para traer la salvación a los hombres. Desde hace cientos de años es un elemento indispensable en las iglesias (es bendecido siempre por el sacerdote), pues su humo asciende y transporta las plegarias hasta Dios. El 23 de mayo se celebra en Santiago de Compostela la festividad de la aparición del apóstol en Clavijo y los peregrinos hacen una ofrenda de incienso a la Catedral con el objetivo de que el botafumeiro nunca deje de desprender buen olor.


Los olíbanos.
En los desérticos paisajes de Dhofar, recortados sobre los pelados montes, crecen los olíbanos o árboles del incienso. Esta región del sur de Omán sufre cada año el azote del monzón Khareef.

El proceso.
Para extraerlo hay que levantar la corteza del árbol con un cuchillo de punta redondeada. Cuando la resina supura y cristaliza, se rasca y se deja secar en un recipiente donde se endurece.

Calidad y selección.
El incienso que se produce en Dhofar está considerado como el mejor del mundo. Las mujeres se encargan de separar las perlitas según su color. Las claras son de mayor calidad e incluso, dicen, tienen propiedades medicinales.

Siempre perfumados.
Un omaní se aplica unas gotas de Amouage en un pequeño penacho que lleva cosido en su traje tradicional, la "disdasha", una camisola de color claro que les cubre hasta los pies.

El pasado.
En los yacimientos arqueológicos del antiguo puerto de Khor Rori se trabaja en las ruinas de los almacenes donde se apilaban los cargamentos de esta resina hace miles de años. Desde allí partían hacia Egipto e India.

Uso doméstico.
Los beduinos son grandes consumidores de incienso. En esta casa se aprecia un quemador sobre la ventana. En algunos casos, tienen una especie de red confeccionada con mimbre para repartir el humo por la habitación.

A la venta.
Unas pequeñas cajas metálicas sirven para comercializar los diferentes tipos que se recogen, en ocasiones mezclados con otras hierbas aromáticas. Así se encuentran en los puestos del zoco de la ciudad de Salalah.

El más caro.
En los talleres de la localidad de Mascat se elabora el perfume más caro del mundo, cuyo ingrediente principal es la resina del olíbano. Su nombre es Amouage y el frasco original, de oro, cuesta 5200€.

Esencias.
Trabajadoras omaníes envasan a mano, en pequeños tarros, el perfume Amouage. Además de incienso, se compone de aceite de rosas, sándalo, lima y una pizca de esencia de lirios. Existen versiones económicas que oscilan entre 150 y 489€€.

Quemador.
La resina sólo desprende su peculiar aroma al colocarla sobre un pedazo de carbón encendido. Al entrar en cualquier hogar omaní se detecta una leve columna de humo y un suave aroma procedente de un quemador como éste.

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